Exangüe | Capítulo 1

Gael despierta frente al espejo, descubre la sangre seca en su reflejo. Tiene pegotes, rojos y grotescos, alrededor de la boca, desde las mejillas hasta la punta de su nariz. No recuerda cómo llegó allí. Suspira resignado. Mira a su alrededor, al menos reconoce el cuarto de baño, el inodoro, la toalla, la bañera. Está en casa. Está desnudo y estima que la ducha tiene rato abierta porque el vapor inunda el cuarto. Se mira las manos manchadas de sangre y barro seco, y entonces vuelve a verse en el espejo, concentrado en aquellos pegotes rojos. Saca la lengua y saborea el cobrizo gusto ya lejano, porque la sangre está seca. La sangre. Y la imagen se viene sólida a la cabeza: el hilo rojo corriendo entre aquellos muslos femeninos, de piel tersa, blanca y firme. Siente la erección tensarse. La memoria ha empezado a fallarle, pero agradece seguir acordándose de lo importante. Lo esencial. Y vuelve nítida otra imagen, la de la sangre tiñendo el centro, vivo en latidos ansiosos, entre jadeos excitados de dolor. Toca el miembro endurecido, pero entonces decide que será mejor ponerse en marcha, tiene trabajo que hacer. Con calma ajusta la temperatura y se mete bajo el caudal de agua que empieza a borrar los pegotes de la cara y el cuello, el barro de las manos y los brazos. Mientras la suciedad se disuelve, se arma en su mente un rompecabezas de sensaciones. El frenesí de los aromas. El sosiego cuando callan los gritos. La satisfacción de entregarse a las sombras. Respira hondo, prefiere concentrarse en la sensación de las gotas cayendo sobre su rostro y enumerar en su mente las tareas que tiene pendientes. Ir al lugar de los hechos y verificar que no haya rastros de lo sucedido. Luego deshacerse de su ropa ensangrentada, y después estar atento a las noticias. Está tranquilo. Sabe que para cuando se den cuenta de que algo falta, lo que haya quedado de lo que mató estará muy descompuesto como para recordar cómo lucía antes y tardarán en reconocerla y pasará el tiempo. Para Gael, el tiempo es un monstruo que devora el presente y lo transforma. Por eso sabe que hay que darle tiempo… al tiempo. Para seguir sumando, sigiloso, días de muerte al ciclo y así Gael siempre estará muy lejos, escondido. Siempre perseguido, pero a salvo en su mente rota.

CAPÍTULO 1

1

No puedo abrir los ojos. El dolor que viene desde la base del cuello y palpita en ondas abrazando el cráneo no me lo permite. Nariz, dientes y encías duelen. Respirar duele. Despertar duele. Si tan solo no tuviera que abrirlos. Pero un timbre suena y todo retumba dentro de mi cabeza. Con los ojos cerrados me siento. Estoy en el piso, descubro que ahí pasé la noche, y en la oscuridad siento cómo mi cuarto tarda unos segundos en alinearse con mi cerebro que flota. Contraigo el rostro porque duele. Suspiro y siento cómo el vaho del vino añejado, entre la nariz y la boca, me golpea. El timbre de algo sigue sonando, lo reconozco, pero todavía no del todo, es lejano. ¿Qué día es hoy? Ah, sí, es día de semana, es mi celular. Atiendo:

–¡Ana Helena, es tarde otra vez!

Y claro, es Emilia. Está molesta, solo me llama por mis dos nombres cuando está molesta.

–Sí, sí. Dame una hora.

El agua tibia del baño matutino me reconforta. Se alivia la mandíbula y las sienes se relajan ligeramente. La resaca cede. También el bruxismo que apareció en algún momento entre la penosa demanda por plagio, el proceso de divorcio y la segunda mudanza. Entre una cosa y otra empecé a apretar y morder, apretar y morder, hasta que una noche, comiendo entre cajas y con la tele encendida en el piso, sentí que la mandíbula se trababa haciéndome mantener la boca abierta un par de minutos que parecieron horas. Cuando pude cerrarla sentía las grandes ondas de dolor desatadas sobre los músculos del cuello, mandíbula y encías, todo palpitante, haciéndome brotar lágrimas.

“La fuerza de la mandíbula es de unos setenta y siete kilos por centímetro cuadrado” había dicho la doctora, un dato totalmente abstracto para mí. Pero desde entonces empecé a contar, contar las frotadas de las muelas, consciente del sonido de los crujidos en mi cabeza, consciente de la fuerza atroz que ejercía en todos los músculos del cuello. Crujido, crujido, crujido. Después de muchos meses el bruxismo se ha quedado conmigo. Las férulas ayudan, pero no lo suficiente. Flores de Bach, respiraciones nocturnas, técnicas de meditación, terapia y más terapia, nada han solucionado. El problema no es el bruxismo. El problema soy yo. Por eso solo las pastillas ayudan: Prozac, Rivotril, Oxicontin; todas, combinadas o no… ayudan. Con el bruxismo. Conmigo.

2

Frente a mí hay dos personas más, aguardamos en fila uno de los tres ascensores que reparten gente a lo largo de veinte pisos de oficinas en el edificio del Grupo De Los Ríos, la editorial más importante de Sarracenia D.F. Como cada mañana en este punto del día ya no muerdo por efecto del ansiolítico, y gracias al analgésico ya nada duele. En medio del acostumbrado sopor químico, tras los lentes de sol, contemplo mi reflejo distorsionado sobre la pared de mármol pulido. Soy apenas un boceto. Atontada acumulo saliva que trago mientras muevo mi cabeza haciendo que el reflejo pierda su forma una y otra vez. Puede ser que me esté excediendo con las dosis. Ya tengo dos meses sin asistir a terapia. Mi querida psiquiatra, Cornelia Cifuentes, no estuvo muy de acuerdo cuando le dije que necesitaba un tiempo: estoy exhausta de hablar de lo mismo dos veces por semana. Ya pasaron dos años desde que Martín me dejó y ya no quiero hablar más de él. Debió haber sido mi determinación lo que la convenció. Me adelantó tres meses de recetas, con las fechas correspondientes al tratamiento, claro. Probablemente ignore la existencia de algunos médicos clínicos que, por una buena cantidad de dinero, vendan un par de recetas de más. Sé que no debería excederme… sino tendré que volver a sentarme en la silla de cuero, en donde el culo me suda, en donde me desgajo, un pedazo a la vez, hablando de lo mismo, una y otra vez.

Siento el celular vibrar en mi cartera, pero no quiero atender, sé que es Emilia. Bostezo. Al fin suena el timbre monótono que nos avisa la llegada del ascensor. Cuando se abren las puertas, entro con un grupo de personas y apretujadas viajamos hasta piso seis. Veo cómo, después de la descompresión de rigor, sale un grupo; hago otro bostezo menos disimulado y, mientras otros entran a empujones, noto como una gota de saliva se escurre entre las comisuras de mi boca. Rápidamente, limpio con el dorso de la mano, espiando alrededor, deseando que nadie lo hubiera notado. Pero ahí están… el par de ojos de este tipo.

Este tipo estuvo por aquí la semana pasada, paseándose entre Recursos Humanos, en el piso seis, y Capitalia, en el piso diez. Lo vi cuando llegó la primera vez, lo vi cuando esperaba en recepción junto a otros candidatos por una entrevista, volví a verlo cuando al fin se reunió con Emilia. Y ahora está aquí. En el fondo del ascensor a solo dos cabezas de distancia y viéndome babear con una chispa en los ojos.

Al notar que lo veo deja de mirarme. Bajo la cabeza sintiendo mis mejillas calientes, sonrojadas de vergüenza. En menos de dos segundos me volteo con disimulo para contemplarlo. Destaca de entre la homogeneidad de los oficinistas comunes, trajeados de cabellos al ras. Él es más alto que el promedio, y tiene la piel de las mejillas blancas fresca y cremosa, contrasta con un cabello, negro y espeso, que húmedo cae a su antojo, desprolijo. Seguro que la ducha mañanera ha sido rápida y no ha querido llegar tarde, porque probablemente es responsable pero no tanto como para dormir temprano y porque, de todas maneras, sabe que su cabello se ve bien. Un cabello así se vería bien de cualquier forma.

Cambio mi postura para poder verlo mejor detrás de mis lentes oscuros. La chaqueta negra, muy usada, cae sobre un jean que lleva al descuido y tiene una mochila de fotógrafo grande y con muchos bolsillos. Al fin el ascensor llega a piso diez. Después de la rápida descomprensión salgo sin ver tras de mí. Las puertas de vidrio, con el rotulado donde se lee Capitalia, se abren automáticamente ante mi paso. Luego me volteo y confirmo que en efecto este tipo, con sus ojos verdes y el cabello desaliñado a la perfección, entra tras de mí. Me quedo ahí, parada, tomándome el tiempo, solo para verlo mientras lo escucho anunciarse en la recepción: Gael De Santos.

–¡Helena!

Escucho la voz de Emilia y yo regreso a la realidad de la oficina. Me quito los lentes, los tiro en la cartera y camino finalmente a mi puesto de trabajo.


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